Un mirón en el centeno
por Francisca Lange

Horas perdidas en la calles de Santiago.
Roberto Merino
Santiago, Sudamericana.
2000.
279 páginas.



PARA DAR FORMA A este libro, Roberto Merino (1961) recogió crónicas repartidas en medios escritos de diversa índole y épocas. Y aunque el título anuncie las calles de la capital como protagonista, las horas perdidas aluden no sólo al deambular citadino, sino también a las horas de escritura que alcanzan menudencias de calles santiaguinas, otras ciudades (Cartagena, Viña del Mar y Valparaíso), entrevistas a personajes populares, biografías de otros, tanto cercanos al autor como históricos, y el comentario de algunos libros y anécdotas varias.

Este ejercicio ya había sido practicado por el autor en Santiago de memoria, libro editado en 1997, pero, a diferencia de éste, Horas perdidas en las calles de Santiago concentra una productividad mayor, cuya extensión y diversidad dan al fragmento un gesto unívoco, a primera vista logrado por una mayor destreza técnica que responde no sólo al ejercicio continuo sino también al ‘tono’, a la voz del cronista.

En su escritura, Merino invierte el gesto proustiano, valiéndose de un género mixto y antiguo asentado en la Conquista, cuya evolución ha dejado huella en nuestras letras, a través de autores notables en el registro de costumbres y ‘tipos’ chilenos que dan cuenta de una nación joven. Autores como Vicuña Mackenna, Subercaseaux o Edwards Bello instauran un estilo emparentado a estas crónicas en su meticulosidad formal y observadora.

El desarrollo del género ha tenido diversas variantes, las más conocidas en el ámbito periodístico. Hacia fines de los ’80 aparecen las columnas de Enrique Alekán (Fuguet) en el suplemento Wiken seguidas por los tropezones de Anita Santelices en la Zona de Contacto, abocadas a los ires y venires de jóvenes ABC1 que hacían de su cotidianeidad la del público todo, poniendo en el tapete la amena frivolidad de un hibridismo de muerte anunciada, que intentaban (ingenua o intencionalmente) hacer del desierto ficcional su mejor campo de batalla.

En el ámbito más literario, pero también más crítico, tal vez el antónimo más claro a Horas perdidas…sea La esquina es mi corazón de Pedro Lemebel. Si en ese libro inolvidable el otrora ícono de lo ‘otro marginal’ emplumaba la ciudad con un sinfín de estrategias barrocas para preservar la memoria de hechos que podrían ser borrados por discursos triunfalistas, estas otras crónicas urbanas la rescatan sin esplendorosos despliegues metafóricos.

Por sobre el espectáculo, Merino recoge la sobriedad. Una sobriedad melancólica, que al traspaso de la primera crónica nos conectan con la imagen de la ciudad en penumbra, alumbrada de lejos por focos artificiales, rotos en Transmigración (1987) su primer libro de poemas, aquel donde la ciudad en toque de queda se transforma en el escenario de un amor dantesco, donde sólo el hablante y el eco de sus palabras vacías se pierden en la noche.

El voyeur cronista habla de escenas fisgoneadas que dan cuenta de la estructura fragmentaria de la ciudad. A través de la anécdota (generalmente histórica) registra un objeto vilipendiado por la moralina ecologista (Santiago: ciudad fea, fome, ruidosa, contaminada, etc.), expone las luces de neón y la sombra de los barrios. De esta manera retoma el sentido de la memoria individual, que se hace colectiva en la evocación (por parte del lector) de recorridos que también lo son, gracias a un contundente despliegue lingüístico y técnico.

En este empeño, esencial resulta el humor, aquel de la situación ridícula como el de la fina y folletinesca ironía que convive, palabra a palabra, con la soledad del paseante:

"El culpable es el abominable sol santiaguino. No se sabe quién inventó que a estos meses de calor hay que llamarlos ‘buen tiempo’. Por un motivo inexplicable, en los informes meteorológicos de la televisión los días calurosos se grafican con la carota obesa de un sol sonriente. Es evidente que sólo un tonto puede sonreír ante la perspectiva de 34,3 grados a la sombra. Si las tortugas hibernan bien podríamos nosotros veranear. Es decir, introducirnos en un clóset en posición fetal hasta que nos despierten las primeras heladas."

Merino, el cronista, poeta, hablante, voyeur y mirón, habla desde su ciudad muerta resucitándola, nombrando calles y personajes para rescatarlos de su ausencia, rehace el camino andado en sus otros libros y a los sitios descubiertos en la infancia. Ese lugar al que en Melancolía Artificial (1997) vuelve gracias al espionaje invernal de los hogares ajenos, cuya insistencia se hace notoria y notable en este libro.

Francisca Lange Valdés
franciscalange@hotmail.com