El fin de la historia

por Roberto Contreras

Allende, la señora Lucía y yo.
Guillermo Tejeda.
Santiago, Ediciones B, 2002.
339 páginas.




UNA PODRÍA SER LA gran premisa de este libro: que su autor todavía se considera un republicano, junto con saberse de una generación que, a estas alturas, "bien podría pedir le devolvieran plata". Justamente porque para él cualquier reconstrucción histórica ya está perdida, si no de antemano, muy lejos de la civilidad y la participación colectiva de "antaño" que tanto recuerda, seguro de que "algo no funciona en el país, algo no ha funcionado nunca".

Guillermo Tejeda (1947) es artista plástico, fotógrafo, diseñador, académico y gestor de proyectos como el Pabellón de Chile en Sevilla, los Artefactos de N. Parra y los comienzos del diario The Clinic, más una variada participación en publicaciones emblemáticas como Ramona, el Clarín, La Época y decenas de revistas extranjeras. Es autor de los libros fotográficos Los Disfraces de Neruda, Chilenos Universales y entre sus textos narrativos se encuentran La gente no me gusta y El mundial del 72.

Allende, la señora Lucía y yo - aparecido en la serie "Memorama" de Ediciones B - es el testimonio, la infrahistoria, de un ciudadano cualquiera ubicado a mediados del gobierno de Eduardo Frei Montalva hasta nuestros días. Pasando al detalle por la asunción, esplendor y fracaso del proyecto socialista de Salvador Allende, su personal exilio en Europa, sus idas y regresos al país a finales del ochenta, para terminar con una parodia de una enorme mesa, donde una veintena de personajes de la política nacional debaten-celebran, en torno a un plato de tallarines el fin de la transición democrática.

Un libro interesante, en la medida que los documentos históricos, o incluso las llamadas memorias de personas ilustres, carecen de lo que Tejeda ensaya en cada página: la honestidad, el desgarro, la inocencia, la rabia y sobre todo, mucho sentido del humor. Con un sello personal que podrá ser familiar para sus lectores, al hacer de la diagramación la base de su propuesta estructural, disponiendo de manera creativa y audaz tipografías (fuentes de distintos tamaños) a modo de titulares, notas a pie de página, subrayados o columnas y destacados donde lo principal, más que un simple énfasis estético (otra premisa del libro es su atractivo como objeto), consigue sustentar con asertividad las más de trescientas páginas. Alcanzado gran fluidez y verosimilitud, por ejemplo, al entregar sus impresiones sobre Frei padre, la figura de Allende, la imagen beata de Jaime Guzmán, el intelectualismo de Volodia o la hipocresía del general Pinochet.

Notable es el contrapunto que hace con los entretelones del Golpe de Estado y las últimas palabras de Allende: "A partir de ese deplorable discurso con ribetes éticos, aunque desprovisto de toda instrucción concreta, los ánimos de la población adicta al gobierno comenzaron a declinar de manera ostensible (...) En la ciudad de Santiago y en resto del largo y conmocionado país los trabajadores de la patria estaban en sus puestos de trabajo o en sus puestos en sus casas o en sus puestos en el water. Estaba la mansa zorra".

Tejeda tiene un oído privilegiado para recrear el habla del chileno. Logra transcribir la jerga, el coloquialismo, consiguiendo hacer una crítica mordaz e irónica de su propia conciencia de los hechos: "Putas, si estamos hablando de casi la mitad del país, no sé cuantos millones de pobres y tristes huevones que ya esa misma noche empezaron a dormir como el forro. Muchos se iban a ir al exilio, otros preparaban sus carnes para llegar hasta las jugosas manos del Guatón Romo, otros iban a ser ayudados gracias a las delicadas gestiones de Jaime Guzmán, muchos más iban a perder la pega y varios miles la vida y a todos ellos y a sus familias les quedó para siempre en el alma la marca horadada de una cicatriz indeleble".

Una autocrítica que de tan honesta roza la ingenuidad. Y en ese sentido también explica el engañoso título, al situarse en un lugar móvil de la historia patria como el "memorión" que aparenta ser y defender, buscando pasar a la historia como todos los grandes, inolvidables y únicos personajes, tan a la chilena, con esa mezcla de embutido de ángel y bestia, diría Parra, como son: el depuesto Allende, Lucía, la mujer del dictador y Guillermo Tejeda, como el último testigo de su tiempo. El vocero final de la historia.

No es casual que libros de memorias o autobiografías estén apareciendo. Ya lo hemos dicho antes, a propósito de otras escrituras confesionales (Coloane, Romo, Gumucio), en un país donde cuesta mirar con más distancia los últimos treinta años, sólo queda como gran apuesta de escritura el registro vivencial para manifestar el estado de tensión en que vivimos. Acaso convencidos de que todavía somos incapaces de expresar lo ocurrido, en el seno de una sociedad anclada en crudas verdades sin justicia, resultando entonces la "memoria", a ratos la mejor terapia textual después del verdadero fracaso que ha resultado la reparación impuesta y programada de la transición democrática (Amnistía, Informe Rettig, Mesa de Diálogo).

El género de la Memoria, como una posibilidad de verdad para los dispersos, los que se refugian a reconstruir los laberintos de tantas conversaciones ("soy un superviviente de la conversación"), conscientes de que más que ser partícipes de la inutilidad que es la literatura, forman parte de la gran conjura de los necios.


Roberto Contreras
rbcontreras@hotmail.com